El “paisaje del silencio” que pinta Juan Guerra se situaría en un punto equidistante de aquél mínimo gasto de palabras – aquí de pintura – y de su empleo suficiente para que reconozcamos la cosa pintada y, sobre todo, para que podamos advertir la “extrañeza” que ella nos causa.

Juan Guerra edifica las voces –es decir: los montes ariscos, el agua quieta, la luz amortiguada por azules y grises - para que entre ellas podamos escuchar el silencio.

Ahí, en ese paisaje solitario, desprovisto en apariencia de vida, de movimiento, vemos crecer el silencio; él lo llena todo con una existencia más real, más tangible, más tocable, no se aventurarían a imponer su presencia en este espacio ocupado por ese ser sin sombra que es el silencio.

Aquí, el silencio es parte de la pintura; se diría que existe, que adquiere su identidad entre pincelada y pincelada, como entre voz a voz, mezclando su substancia, sea la que sea, con la del aceite y la de los pigmentos del color que ocupan la tela. Por eso no podemos distinguir el silencio en este o en aquel accidente del agua o de la roca, como sí podemos distinguir sin dudas a la roca o al agua misma, precisamente porque tienen sombra, bulto del que, como ya dijimos, carece el silencio. El silencio es el nada que participa del agua, de la tierra, del aire – infinitamente más allá de su apariencia, pero sin deshacerse de ella.

Este paisaje exige que no lo interrumpamos, es decir; que lo contemplemos sin decir nada sobre él, aceptando su extrañeza como parte de una invisibilidad que tocamos únicamente con los ojos.

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